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“DOY TESTIMONIO DE QUE ÉSTE ES EL HIJO DE DIOS”

El primer testimonio de Juan fue principalmente sobre sí mismo y sólo indirectamente sobre “el que era mayor” que él. En aquella ocasión dijo más bien que él no era el Cristo, el Mesías, pero no señaló con el dedo al que estaba en medio del pueblo. Al día siguiente, el Bautista tuvo ocasión de mostrar a sus discípulos a Jesús. El testimonio de Juan Bautista se sitúa en el texto después del bautismo de Jesús.

Jesús es el verdadero Cordero que Dios eligió para quitar el pecado del mundo. Los judíos ofrecían sus propios corderos para alcanzar el perdón de sus pecados. Si por la sangre de un cordero fueron liberados los israelitas de la esclavitud de Egipto —motivo por el que celebraban la Pascua—, Jesús, que es el verdadero Cordero y nuestra Pascua, como dice Pablo, libera de toda esclavitud a cuantos creen en él.

San Juan el Bautista no había conocido aún la dignidad mesiánica de Jesús; pero esto no excluyó que lo conociera ya antes personalmente. El relato del Evangelio dice que el testimonio de Juan Bautista se apoyó en lo que él mismo vio y oyó cuando lo bautizó en el Jordán. Juan el Bautista, el último y el mayor de los profetas del Antiguo Testamento, presentó al pueblo al que había de venir y así terminó su misión y se acabó la Antigua Alianza.

Finalmente, esta figura del “cordero”, animal sencillo y manso, se convirtió, aquí en el Evangelio, en el símbolo más luminoso para descubrir el sacrificio de Cristo y su Pascua perfecta y liberadora.

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