Hombre deja las adicciones y ahora es un paramédico
Juan Carlos Hernández Blanco es originario de Ciudad de México, pero desde hace más de 20 años vive en la península de Yucatán, los primeros 15 años en Quintana Roo y los últimos 5 en Mérida.
Cuenta que proviene de una familia disfuncional, en la que el padre se fue de la casa, y la madre tuvo que hacerse cargo del hogar y los hijos.
A los 16 años entró al Ejército, donde estuvo cinco años, pero pidió su baja porque iba a casarse.
La bebida y las drogas lo llevaron a enfrentarse con los bandidos de su colonia, y era tal la situación, los pleitos y su conducta irracional, que un día su madre le dijo que ya no lo aguantaba y que se fuera de su casa.
Su esposa lo dejó por las mismas razones, y se quedó al cuidado de sus cinco hijos.
Fue entonces cuando Juan Carlos llegó a Quintana Roo, específicamente a Tulum, donde tuvo oportunidad de trabajar de bombero, pero la falta de aceptación que sentía y la sociedad, le hicieron caer otra vez en el alcohol y las drogas. Tenía 35 años en ese entonces.
Cuenta que sentía que nadie lo aceptaba, ni su madre, ni su esposa e hijas, y que nadie le daba la oportunidad de salir adelante, por lo pensó en quitarse la vida, y tomó una cuerda, pero una persona que se cruzó en su camino en ese momento, que le vio mal, lo invitó a tomar un café y así conoció el Alcohólicos Anónimos.
“Estuve bien un tiempo, pero en ese momento no entendía que era dejar de beber, que es una guerra campal constante, así que recaí”.
Cuenta que una madrina de AA, de nombre Celia, fue a buscarlo y lo llevó de nuevo al grupo, donde estuvo por un año. Fue entonces cuando conoció a uno de los representantes de la agrupación El Arca de Noé de Mérida, quien visitaba el lugar para conocer a quienes ahí acuden, ver los problemas y las situaciones que cada uno enfrenta, y ayudarlos.
A Juan Carlos lo invitó a conocer El Arca de Noé, y recuerda que fue por compromiso, pero al llegar al lugar con lo primero que se topó fue con un grupo de personas bailando, “yo solo bailaba alcoholizado y drogado, pero en ese momento sentí la magia del arca y me puse a bailar con ellos”.
Cambios positivos
Desde ese momento las cosas comenzaron a despegar en su vida, cuenta.
Lo que más le gustó es que le permitiera hacer las cosas que le gustan, pues como parte de su disciplina militar le gusta correr, así que comenzó a salir a correr todos los días, y no solo eso, le dieron la oportunidad de ser quien dirija el área deportiva en el sitio, por lo que se encarga de apoyar a otros compañeros que acuden al sitio en sus entrenamientos.
“He corrido todas las carreras en Mérida, no me falta ninguna, incluido el Maratón de Mérida, y también el Maratón de la Marina”.
Estando en el lugar vieron que él siempre se interesaba en ayudar cuando alguien se lastimaba, cortaba o sufría una laceración o contusiones, por lo que le animaron para estudiar como técnico en urgencias médicas.
Cursó un año de estudios en la Cruz Roja, y ya lleva cuatro años trabajando para la institución.
Asegura que cambió su vida el que le mostraran que puede ser útil en algo, pues cuando se está metido en el alcoholismo y las drogas el pensamiento es que nadie te quiere y no hay oportunidad para salir adelante.
Ahora él da ánimo y ayuda a los compañeros que llegan a la agrupación, platica con ellos y se acerca a compartir su experiencia.— IRIS CEBALLOS ALVARADO
No es sencillo, muchos están renuentes la primera vez, pero trata de ayudarlos a sacar lo que tienen dentro de la cabeza y a darse cuenta que hay oportunidades de salir adelante, como sucedió con él.
Recuerda que su mamá cuando escuchaba una ambulancia o una riña se tronaba los dedos deseando que no fuera por él, y hoy su madre está tranquila y contenta porque sabe se ha rehabilitado, y ha retomado la comunicación con sus hijas.
Juan Carlos Hernández, tiene en su cuerpo las huellas de sus malas decisiones: una placa de titanio en la cabeza, dos balazos y las cicatrices de dos puñaladas con las que “me sacaron las tripas”.
Cada vez que lo necesitó, un paramédico llegó a auxiliarlo, a recogerlo del piso desangrándose, moribundo, por eso cree que Dios lo puso a trabajar en la Cruz Roja por algo, para regresar la dádiva que en su momento recibió, y se siente feliz de poder hacerlo.
