Cartas al Diario de Yucatán

Recibimos del antropólogo Irving Berlín Villafaña, exdirector de Cultura del Ayuntamiento de Mérida, los siguientes textos sobre las celebraciones carnestolendas:

Carnavales

Hay varios carnavales en el mundo reconocidos por su valor artístico, cultural y económico. La Unesco reconoce a Oruro en Bolivia que es una obra maestra de patrimonio intangible del mundo; el de Barranquilla y Pasto en Colombia y otros más en Austria, Hungría, Bélgica, Perú y Venezuela.

No. Ni la Unesco ni nadie reconoce el carnaval de Mérida, que es otro más que ha rendido pleitesía a lo fácil, a los festivales dentro de festivales, a los llenos de artistas de masas y algunos detalles locales. De los carnavales inseguros y caóticos del Paseo de Montejo pasamos a Plaza Carnaval, de la plaza al festival de festivales y de éstos al circo carnaval. La falta de visión, originalidad y autenticidad es palpalble, aunque vayan cientos y miles de personas. Lo dije antes, lo comente en privado y en público y los criterios que usé siguen siendo válidos.

Dice Mijail Bajtin que los signos de todo carnaval son los siguientes: a) inversión de jerarquías sociales, el bufón es rey y el rey es un bufón (podríamos decir también el gobernante),b) las clases sociales se juntan en un mismo espacio, c) lo material de la carne (bebida, comida y otras pasiones) se muestra sin pudor ni decoro (en estos días), d) ridiculización de las normas, las ideas oficiales y los gurús santificados, y f) se ofrecen múltiples voces polifónicas de la sociedad. Esto, desde luego, aplicado en un contexto social y cultural diferenciado, con las referencias simbólicas de la tradición de cada ciudad.

No veo que en el diseño de nuestro carnaval se haya reflexionado sobre cómo promover estos criterios de manera original y tampoco que se hayan convertido en una metodología que construya un modelo. Cada quien le pone su “de chile, de dulce y de manteca”.  Y seguimos contando con orgullo que fueron 40 mil personas a ver al anciano cantante o al nuevo grupo de reguetón.

Este, desde luego, es el otro síntoma de la ignorancia. Llenar una plaza no implica mérito ninguno. Si contratamos a Bad Bunny, a Reik, o cualquier artista de masas. Si regalamos tortas de cochinita los domingos, o convocamos a personas a recibir 500 pesos en la plaza grande, juro, aseguro que se llena sin problema. No se necesita ser experto de nada. No se necesita ir a la escuela, leer a Bajtin, tomar cursos de gestión cultural ni ser mandamás de la cultura para tener dinero, un promotor e irse de shopping y traer grupos y artistas que llenen espacios. Poner la estadística como único criterio de éxito de las políticas culturales y fiestas populares es una aberración y testimonio del nivel tan bajo que tienen quienes celebran estas cosas.

El arte, la cultura, las fiestas populares pasan por criterios más complejos y contenidos mejor diseñados. Los circuitos comerciales se sostienen solos y, por tanto, no requieren de apoyos de la política cultural. Bad bunny llena las arenas, la gente paga para verlo y sin duda sus letras y sus ritmos contagian a quiénes les gusta mover el bote. Lo que sí, espero, jamás serán reconocidos por la Unesco, por el Conservatorio de Moscú, o por la Real Academia de la lengua. Así los carnavales, si la más alta felicidad o el comunicado exitoso de los gobernantes es la cifra de asistentes, apaga y vámonos. Ningún lector de Bajtin ha estado en puesto de diseño del carnaval. Y nadie le ha sugerido al oído que por lo menos en los ratos libres, busquen en la lectura fácil y rápida de la inteligencia artificial, para saber quién es.


Carnavales (2)

Los carnavales prestigiados en el mundo salen de profunda memoria popular. No son copia de los espectáculos de Hollywood, espacios para promotores de artistas de masas ni ocurrencias de funcionarios de gobierno. Son resultado de años de decantación popular moldeados por expertos de diferentes habilidades y de comprensión de las posibilidades irreverentes de las culturas populares que es lo que observaba Bajtín hace años.

Para no quedarme en la crítica ácida, quiero plantear algunos criterios para re pensar el carnaval de Mérida. El primero es el recuento de elementos originales de las culturas populares nuestras y sus posibilidades de actualización y fomento identitario. La jarana es a Mérida lo que la samba es a Brasil, el baile de todos. El teatro regional es el formato escénico más irreverente que puede darse el lujo nuestra cultura popular luego de años de inhibición y aletargamiento. Las formas campesinas, las leyendas y los imaginarios mestizos también son factores propios que no están del mismo modo en nuestros pueblos, algunos municipios tienen tradiciones carnavalescas importantes y originales. Estos elementos deben estar como elementos definitorios de los derroteros de la carne. Están, si, están de algún modo, pero están sin la potencia creativa y la presencia que deberían tener.

El arranque y la quema de Juan Carnaval tienen grandes capacidades creativas que aparecen en los momentos de inauguración y clausura. No. Deberían estar ciertamente en estos momentos, pero también deberían encabezar las comparsas ganadas a pulso con temas cómico políticos producidos originalmente por las decenas de compañías de teatro regional que existen en nuestra ciudad. Es verdad, los contratan como locutores y como brazos para tirar propaganda comercial. Claramente esa no es su función. Nuestros teatreros son o deberían ser el corazón de las comparsas en los desfiles, cada uno con propuestas escénicas variopintas y coloridas. Junto con ellos deberían estar el Cedart, La Universidad de las Artes y otras escuelas de artes escénicas que pueden añadirle más calidad a los productos. El componente político que es una joya de nuestro teatro es uno de los valores subversivos que desde los estudios originales del Carnaval, está subrayado.

La jarana es el baile de todos. Es verdad. Existe el viernes y lunes regional. No es suficiente. Estos bailes, además de la escenografia de pendones de gremios, orquestas jaraneras, grupos de bailarines de todas las edades podría dinamizarse con las caritas pintadas como en paseo de las animas. El éxito de ese paseo no es el profundo sentido místico del sincretismo religioso, sino el espectáculo de SPECTRE, la herencia nada milenaria de la película de James Bond. No todas las comparsas, desde luego, podrían tener vivos rostros diferentes, pero si podrían acompañarse de niños, niñas y jóvenes que disfrutaran del disfraz y de sus bailes. Este derrotero, además de gran valor cultural tiene un componente turístico llamativo superlativo que bien podría experimentar un cambio de sede hacia el Paseo de Montejo, San Juan o el Parque de la Mejorada. Debería, claro, ser un regreso cuidadoso. El caos y la inseguridad del Paseo de Montejo era consecuencia de las decenas de cerveceras y estaciones de radio y televisión que abarrotaban los espacios con artistas de masas. Nadie quiere ese regreso. Hablo de otro derrotero, con otro sentido e identidad.

Las culturas populares nuestras, tienen algunas fiestas en los pueblos, algunos conjuntos musicales, algunos vestidos y trajes y diferentes momentos de fusión cultural con las culturas africanas, chinas y libanesas. Esas fuentes son claves para darle al carnaval de Mérida una altura que salga de lo maya y español y se inunde de cuerpos, ritmos y estéticas más irreverentes que la nuestra con el manejo del cuerpo. Su incorporación supone una selección curada de contenidos simbólicos y fiesteros africanos y de oriente. Hay algunas investigaciones antropológicas que dan cuenta de ello y merecerían tener un sentido más práctico.

La cultura de masas, las industrias comerciales que se la pasan tirando vasos, bolsas y galletas, las compañías cerveceras y los medios de comunicación, son parte de estos procesos y la reflexión sobre su papel en la fiesta ameritaría mucha más tinta, espacio y tiempo. Claramente, este no es una política pública ni un proyecto de trabajo. Apenas es un pequeño articulo periodístico de las cosas que se podrían hacer y hay muchas más. Tal vez otro Ayuntamiento inicie este proceso. El actual ya no tiene demasiado tiempo para cambiar las cosas. Pero, sí, ojalá. El carnaval de Mérida no es, no debería ser, una simple fiesta de masificación comercial.

Correo: Iberlin@prodigy.net.mx

*Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán

Deja un comentario