En México vuelve a escucharse una palabra que muchas personas creían enterrada en los libros de historia médica: sarampión. Una enfermedad que durante años pareció lejana, controlada, casi inexistente, hoy vuelve a aparecer como un recordatorio incómodo de que la salud pública es un equilibrio frágil. Cuando la prevención se descuida, aunque sea por un tiempo, las enfermedades altamente contagiosas encuentran el camino perfecto para regresar.
El sarampión no es una “simple ronchita” ni una fiebre pasajera. Es un virus agresivo, de esos que se propagan con una rapidez impresionante. Basta con que una persona infectada tosa, estornude o incluso hable cerca de otras para que el virus viaje por el aire y alcance nuevos cuerpos. Lo más inquietante es que puede contagiar incluso antes de que aparezcan las manchas en la piel, lo que hace que muchas familias lo confundan con un resfriado común y sigan con su rutina normal sin saber que el contagio ya está ocurriendo.
Los primeros días suelen parecer una gripe intensa: fiebre elevada, cansancio que se siente “hasta los huesos”, tos, escurrimiento nasal, ojos rojos e irritados. Después, aparece lo que todos asocian con sarampión: la erupción, esas manchas rojizas que generalmente empiezan en la cara y poco a poco descienden hacia el resto del cuerpo. En ese punto, muchas personas ya han convivido con familiares, han ido al trabajo, han llevado a los niños a la escuela o han estado en espacios cerrados. Y ahí es donde el virus se aprovecha.
Aunque cualquier persona puede enfermarse, el riesgo no es igual para todos. El sarampión puede ser especialmente peligroso para bebés, niños pequeños, mujeres embarazadas, adultos mayores y personas con defensas bajas. En estos grupos, la enfermedad no solo causa malestar: puede complicarse con neumonía, infecciones de oído, diarrea severa, deshidratación e incluso inflamación del cerebro. Es decir, puede llevar a hospitalizaciones graves y, en casos extremos, a desenlaces fatales. Por eso es importante hablar del tema con seriedad, sin alarmismo, pero sin minimizarlo.
La razón por la cual el sarampión había sido controlado durante tanto tiempo es muy clara: la vacunación. La vacuna triple viral, conocida por proteger contra sarampión, rubéola y parotiditis, es una de las herramientas más valiosas que se han desarrollado en salud pública. Cuando un país tiene altas tasas de vacunación, el virus no encuentra a quién infectar, se queda sin salida, se detiene. Pero cuando hay grupos sin esquemas completos, cuando se dejan pasar campañas, cuando se piensa que “ya no hace falta” porque hace años no se veía, entonces el virus vuelve a tener oportunidad.
En medio de este nuevo brote, el llamado es claro: es momento de revisar la vacunación en casa. Sacar la cartilla de salud, preguntar en familia, tomarlo como parte de la responsabilidad cotidiana, igual que revisar la presión, la glucosa o los hábitos de prevención. Vacunarse no es solo una decisión personal: es una acción comunitaria, porque protege también a quienes no pueden vacunarse, como bebés muy pequeños o personas con condiciones médicas especiales.
Si alguien presenta fiebre alta y salpullido, especialmente si hay tos, ojos rojos y malestar general, lo ideal no es “aguantar” ni automedicarse esperando que pase. Lo correcto es buscar atención médica lo antes posible y, de ser necesario, acudir a consulta usando cubrebocas y avisando con anticipación, para evitar exponer a más personas. El sarampión no es una enfermedad para manejarse “a ver si se quita”. La rapidez en la atención y la prevención del contagio marcan la diferencia.
La buena noticia es que el sarampión es prevenible. La herramienta existe. La solución está en nuestras manos y en nuestras decisiones. No se trata de vivir con miedo, sino de actuar con conciencia. Porque cuando se trata de enfermedades altamente contagiosas, lo más poderoso que puede hacer una sociedad es adelantarse. Revisar, prevenir, vacunar. Cuidarnos entre todos.
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