“El problema de la coexistencia entre las naciones se reduce al problema de la apropiación indebida de riquezas ajenas… Cese la filosofía del despojo y cesará la filosofía de la guerra… Pero la filosofía del despojo no sólo no ha cesado, sino que se mantiene más fuerte que nunca”.— Dr. Ernesto Guevara de la Serna, ministro de Economía de Cuba. ONU, 12 de diciembre de 1964.

Con la brutal agresión militar contra Venezuela —perpetrada con alevoso despliegue aéreo, terrestre y marítimo la madrugada del 3 de enero—, el gobierno imperialista de los Estados Unidos ha aumentado otra vez su larga cadena de intervenciones en diversos países del mundo en los últimos ciento cincuenta años por lo menos.

La abrupta intervención contra este país soberano constituye una muestra fehaciente del nivel de decrepitud y barbarie en que han caído los gobiernos norteamericanos en las últimas décadas.

Desde luego, no habría espacio suficiente para referir estas abruptas e inaceptables incursiones norteamericanas, motivadas siempre por el afán enfermizo de ejercer la supremacía geopolítica planetaria y por la apropiación violenta de los recursos naturales de otros pueblos del mundo.

En mi dilatada existencia de 7 décadas, pude informarme con meridiana claridad de estas groseras y bárbaras incursiones militares, quedándose en mi memoria las que se perpetraron contra nuestro país en 1847 (trágico episodio en el que fuimos despojados de la mitad de nuestro territorio), y en abril de 1914, cuando se produjo la ocupación yanqui del puerto de Veracruz estando México sumergido en la etapa más intensa y sangrienta de la Revolución Mexicana.

En la segunda mitad del siglo XX también cobramos conciencia de la participación directa de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam, hasta que este pueblo heroico los expulsó tras la histórica liberación de la ciudad de Da Nang el 29 de marzo de 1975, fase decisiva que puso fin a este horrendo conflicto bélico y abrió el paso a la reunificación de esta gran nación asiática.

En América Latina y el Caribe no es posible soslayar las siguientes intervenciones norteamericanas: en Guatemala en 1954, cuyo objetivo fue deponer al presidente Jacobo Árbenz electo democráticamente y que tenía un programa popular y nacionalista; la invasión a Playa Girón, Cuba, en abril de 1961 con aviones B-26 enviados por Estados Unidos para bombardear bases cubanas y facilitar el desembarco de una brigada de combate compuesta por exiliados y mercenarios entrenados por la CIA, incursión que fue derrotada estrepitosamente por el gobierno y el pueblo de Cuba en apenas 72 horas; la invasión a la República Dominicana en 1965 con 20 mil infantes de marina para asegurar la deposición del Presidente Juan Bosch por parte de los militares e imponer así un gobierno al servicio de los intereses norteamericanos.

Finalmente, no cabe olvidar las operaciones financieras, de inteligencia y de sabotaje realizadas por la administración yanqui contra el gobierno de Salvador Allende en Chile, y que condujeron a su derrocamiento mediante un cruento golpe de Estado en septiembre de 1973 y a la imposición de una sangrienta dictadura pronorteamericana que duró más de 17 años.

La reciente agresión militar norteamericana contra Venezuela y el secuestro de su presidente y de su esposa, constituyen una afrenta sin nombre contra la dignidad, la integridad y la soberanía de un pueblo y de una nación independiente.

La burda “justificación” de esta execrable agresión militar, expresada por el belicoso inquilino de la Casa Blanca en un discurso cargado de cinismo, prepotencia y frialdad criminal, corrobora que el único interés del gobierno norteamericano es apropiarse de nuevo del petróleo y de otras riquezas de este país sudamericano, bajo la mentira de pretender “restaurar” la democracia y las libertades, asuntos que en realidad poco le importan a la actual administración yanqui.

Como era de esperarse, esta violenta operación —que trastoca todo el orden legal internacional y subyuga el papel mismo de las Naciones Unidas como garante de la paz mundial— ha generado una inmensa ola de repudio en América Latina, el Caribe, Europa y en los propios Estados Unidos.

En este polarizado escenario, es de aplaudirse la postura asumida por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, en el sentido de rechazar de manera contundente esta inaceptable intervención militar en Venezuela, apegándose así a los más caros principios de la Doctrina Estrada en política exterior, así como a lo estipulado en el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas: “Los Miembros se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”.

La firme postura de la jefa del Ejecutivo Federal ha sido respaldada decididamente por la mayoría del Poder Legislativo federal, por la Anuies y por diversas instituciones educativas y culturales, respaldo que lleva implícito el indudable apoyo a la doctora Sheinbaum ante las veladas amenazas esgrimidas por Trump en su ominoso mensaje a los medios tras la cruenta operación realizada en Caracas.

Aquí en Yucatán, alrededor de cien académicos, investigadores, directivos de instituciones, ciudadanos en general y otras personalidades hemos suscrito un pronunciamiento público de firme rechazo a la burda agresión infligida a la Patria de Simón Bolívar. Todas y todos hemos dicho no a la decrepitud, a la barbarie y a la belicosidad criminal del gobierno norteamericano.—Mérida, Yucatán

Doctor en Educación. Exdirector de la UPN en el Estado; Director de la Escuela Normal Superior de Yucatán

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