Marisol Cen Caamal 2025

El año pasado mi hijo quería participar en la Olimpiada del Conocimiento, por lo que decidí descargar el material oficial, los libros gratuitos de la SEP, para revisarlos y poder estudiar con ese contenido. Tuve que obtenerlos en formato digital, porque en la escuela habían decidido no trabajar con ellos.

Mi sorpresa fue grande. Dolorosa. El contenido era, en muchos casos, elemental. No en el sentido virtuoso de lo esencial bien explicado, sino en el de lo simplificado hasta rozar la pobreza conceptual. Las matemáticas aparecían diluidas en proyectos generales, sin la secuencia rigurosa que permite comprender por qué se suma, por qué se resta, por qué una fracción es más que un dibujo coloreado.

En español encontré algo similar. La materia que debería ser el corazón del pensamiento se percibía menos exigente, menos literaria, menos profunda. Desde mi concepción, leer no es recorrer fragmentos ligeros; es comprender, interpretar y argumentar. Escribir no es llenar espacios, sino ordenar ideas y darles coherencia. Sin dominio del lenguaje no hay pensamiento crítico verdadero, y sin pensamiento crítico no hay ciudadanía madura.

En las demás materias la tendencia se repetía: temas abordados de forma superficial, poca profundidad conceptual y escasa estructura para consolidar el aprendizaje.

Como profesora universitaria he aprendido que las lagunas cognitivas no desaparecen: se acumulan. En finanzas lo llamamos interés compuesto, pero en sentido negativo. Una pequeña deficiencia en comprensión lectora en tercero de primaria se convierte en un problema mayor en secundaria, y en una muralla en la universidad. Un alumno que no domina las operaciones básicas no solo tendrá dificultades en álgebra; le costará entender porcentajes y otros conceptos básicos para la vida cotidiana.

Por eso duele tanto abrir un libro y sentir que falta profundidad. No se trata de nostalgia ciega. Se trata de estándares. Recuerdo mis libros de primaria. Tenían problemas matemáticos, lecturas que exigían subrayar, copiar, resumir. Había biografías, poemas, mapas que debíamos memorizar y comprender. Aprendíamos ciencias naturales con una estructura clara: qué es un ecosistema, cómo funciona el cuerpo humano. Había historia con fechas, procesos, causas y consecuencias. No todo era perfecto, por supuesto, pero había una intención de transmitir un conocimiento sólido.

Con la salida de Marx Arriaga Navarro de la SEP, volvió a encenderse la discusión sobre los libros de la llamada Nueva Escuela Mexicana. El debate reapareció con fuerza. Para algunos, los nuevos materiales representan una transformación histórica; para otros, un retroceso alarmante.

Sin embargo, más allá de las trincheras ideológicas, hay una cuestión esencial que no podemos perder de vista. Los libros de texto no deberían, bajo ninguna circunstancia, servir para transmitir ideologías políticas. No están para formar simpatizantes de un gobierno ni para moldear la conciencia de los niños según la narrativa del poder en turno. Están para enseñar a leer con profundidad, a escribir con claridad, a razonar con rigor.

Como padres de familia deberíamos tener claro y defender con firmeza que todo lo relacionado con la educación de nuestros niños y jóvenes pertenece a la sociedad, no a un proyecto político específico. La educación no debe lavar cerebros, debe encenderlos. No debe imponer ideologías, debe enseñar a analizarlas. No debe suprimir la dificultad, debe acompañarla y fortalecerla. Cuando un libro prioriza consignas sobre conceptos, el daño es silencioso: no se refleja en los exámenes, se manifiesta en la adultez, cuando esa generación enfrenta un mercado laboral competitivo, una economía compleja y un mundo saturado de información y desinformación.

Un niño que sabe leer con profundidad puede disentir con argumentos. Un niño que escribe con claridad puede expresar ideas complejas y defenderlas. Un niño que domina la lógica matemática puede cuestionar estadísticas, detectar engaños y comprender las implicaciones de un contrato. Pero cuando esas bases faltan, la libertad es frágil. Si la educación básica falla en esos pilares, todo lo demás es simple apariencia.

Algunos dirán que exagero. Que el enfoque actual privilegia proyectos comunitarios, integración de saberes, sensibilidad social. No estoy en contra de formar ciudadanos conscientes de su entorno. Pero la conciencia sin herramientas cognitivas es frágil. No se puede analizar la desigualdad si no se entienden porcentajes y distribución. No se puede debatir sobre medio ambiente si no se comprenden principios básicos de biología y química. No se puede hablar de justicia social sin comprender historia con rigor.

Aquí quiero detenerme en algo que también me inquieta. Muchas escuelas privadas, en su afán por mostrarse modernas y a la vanguardia, han sustituido cuadernos por iPads. Prometen innovación, tecnología, interacción digital. Y sin embargo, veo niños que ya no escriben. Niños que teclean, que deslizan el dedo, pero que no trazan letras. La escritura manual no es un capricho antiguo; es un proceso neurológico profundo que fortalece la memoria, la concentración, la coordinación fina. Cuando un niño escribe, conecta pensamiento y cuerpo. Cuando solo toca una pantalla, la experiencia es distinta, más superficial.

La paradoja es cruel. En el sistema público discutimos libros que parecen simplificados; en el privado celebramos pantallas que sustituyen el papel. En ambos extremos, el riesgo que corremos es el mismo: debilitar la formación básica. Si los niños no escriben, no estructuran ideas con la misma profundidad. Si no resuelven operaciones en papel, no internalizan procesos. Cuánto tiempo nos llevará entender que la tecnología es una herramienta, no un sustituto del pensamiento.

Recuerdo que esa noche, cuando terminé de revisar los libros en la pantalla y miré a mi hijo, no sentí solo tristeza: sentí indignación. Pensé en los millones de niños que están recibiendo una educación debilitada, sin rigor, sin profundidad.

Ojalá como padres tuviéramos el carácter de incomodarnos de verdad, de dejar la apatía y exigir los libros que nuestros hijos merecen. Ellos no deberían ser instrumentos de ninguna corriente política, ni campo de experimentación ideológica. Son personas que necesitan herramientas sólidas para defenderse en el mundo.

Si aspiramos a un país competitivo, crítico y verdaderamente libre, debemos empezar por lo básico: libros que formen mentes fuertes, no conciencias moldeables. Porque una sociedad que renuncia al rigor educativo no está siendo compasiva ni moderna, está siendo irresponsable.— Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.co m

@kookayfinanzas

Profesora Universitaria y Consultora Financiera

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