La investigación sobre las raíces de su tatarabuelo Rodolfo G. Cantón ha llevado al empresario y escritor Raúl José Casares G. Cantón a la publicación de su tercer libro, que se titula “El Tren de la Pacificación”, una obra literaria que revela el fracaso del proyecto ferroviario más ambicioso del siglo XIX.
Casares G. Cantón informó que escogió el título “El Tren de la Pacificación” porque durante sus investigaciones, en las que contó con la colaboración de historiadores profesionales, se enteró que el proyecto del tren que lideraba su tatarabuelo partiría de Peto y concluiría en Chetumal y tenía como fin llevar prosperidad, trabajo y paz a una zona dominada por los mayas rebeldes que lucharon en la Guerra de Castas desde su bastión Chan Santa Cruz.
“El Tren de la Pacificación” se presentará hoy jueves, a las 18:30 horas, en los andenes de la exestación del ferrocarril, edificio que es sede de la Universidad de las Artes de Yucatán.
Raúl Casares G. Cantón protagonizará un conversatorio junto a la doctora Marisa Pérez Domínguez de Sarmiento, investigadora, historiadora y docente yucateca del Instituto “Jose María Luis Mora” de Ciudad de México; el doctor en Historia, profesor e investigador por El Colegio de México Emiliano Canto Mayén, y Faulo Sánchez Novelo.
En entrevista con el Diario, Raúl José Casares recordó que su gusto por la investigación y la escritura se materializó en 2020, cuando pensó en recuperar la historia de sus ancestros y siguió la pista de su tatarabuelo Rodolfo G. Cantón, lo que ha dado como resultado tres libros con datos sobre la historia familiar, el más reciente de ellos “El Tren de la Pacificación”.
Su historia
“En las investigaciones me topo con este proyecto ferrocarrilero que, a mi juicio, fue el más ambicioso que se haya planeado en Yucatán”, destacó Casares G. Cantón.
“Yucatán ya tenía una red ferroviaria de 900 kilómetros construida para la industria del henequén, pero no había un trazo para que el tren llegara a la costa del Caribe, a la bahía de la Ascención y la bahía del Espíritu Santo. En aquella época no existía Chetumal”, recordó.
El trazo ferroviario era de 450 kilómetros y tendría un ramal de Tihosuco a Valladolid, pasaría por Bacalar y llegaría a la frontera con lo que hoy es Belice.
“El proyecto lo impulsaron empresarios yucatecos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX”, dijo. “El grupo de empresarios, entre ellos mi tatarabuelo, consideraba que el ferrocarril era el instrumento de la modernidad y el instrumento de la civilización. Pensaban que con el ferrocarril por toda la costa oriental de Yucatán acabarían con la Guerra de Castas, por ello le puse como título al libro ‘El Tren de la Pacificación’”.
“Mi tatarabuelo emprendió muchos proyectos empresariales y culturales. Ya escribí una biografía de él en 2020”.
“Él fue propietario y director general del Ferrocarril Mérida-Peto, que se inauguró en 1900. Su idea era que con el tren podrían explotar las grandes riquezas forestales que existían en esa zona. Pretendían también fomentar nuevos puertos porque para aquella época no existían, no se había fundado la ciudad de Chetumal”.
El propósito del tren
Casares G. Cantón indicó que se pensaba que la creación de la línea de Peto a Chetumal haría regresar a los yucatecos que se exiliaron en Bacalar debido a la Guerra de Castas y que el tren reconquistaría el territorio porque habría fuentes de trabajo.
“Recordemos que los mayas rebeldes tenían su capital en Chan Santa Cruz, un territorio controlado por los indígenas rebeldes”.
“El Estado mexicano y el gobierno no habían asumido el control de la zona. Esta historia es lo que me motivó a escribir este libro. Vale la pena decir que el proyecto ferroviario fracasó, quedó trunco, porque los empresarios impulsores dejaron de invertir y los militares controlaron Chan Santa Cruz. Aunque lanzaron una abierta convocatoria para que cualquier persona invirtiera, no tuvo éxito. Así, solo se tendieron dos kilómetros de vías férreas”, relató.
La compañía que quiso construir el tren de Peto a Chetumal se llamó Ferrocarriles Sudorientales de Yucatán. Cada acción de un inversor particular recibía 10 hectáreas de tierras, pero el proyecto perdió interés cuando el Estado se hizo con el control de la zona rebelde a la llegada del general Ignacio Bravo, quien encabezó la última campaña militar contra los rebeldes mayas entre 1900 y 1902.
“Es una historia con un contexto político muy interesante”, recalcó el escritor. “El proyecto tenía dos fases: la introducción del ferrocarril y el deslinde de cientos de miles de hectáreas de terrenos nacionales de esa zona. En ese sentido, los promotores consideraban que era una empresa patriótica porque tenía como fin la reconquista y pacificación del territorio de los mayas rebeldes”.
Esta investigación lo atrajo por la recuperación de la historia del tren pacificador y, aunque no se concretó el proyecto, sus intenciones tenían objetivos claros: fomentar la paz en esta región selvática.
El gobierno federal apoyaría con militares la construcción del terraplén y, por desconocimiento del terreno y falta de planeación, el trazo cambiaba la ruta.
Esto retrasó los planes para que el tren llegara en forma rápida de Peto a Chan Santa Cruz para controlar la rebelión maya.
“Los tiempos, ritmos e intereses del gobierno federal no coincidían con los tiempos y los intereses de los inversionistas y finalmente los inversionistas se echaron para atrás”, contó Raúl Casares. “Esta, entre otras, fue la causa del fracaso de ese proyecto del tren, que sería el primero que llegaría a Quintana Roo, como ahora lo hace el Tren Maya”.
El autor destacó la iniciativa de yucatanenses de finales del siglo XIX, que planteaban un proyecto de muy largo alcance. Su interés en escribir el libro es para que se conozca, se difunda y sea útil a investigadores, profesionales, estudiantes, académicos e historiadores de ahora.— Joaquín Chan Caamal



