“El Tren Maya sale sobrando, si no existiera, no sucedería nada”, afirma el exsecretario de Relaciones Exteriores y analista político Jorge Castañeda, quien realizó recientemente un recorrido, a bordo del ferrocarril, en el tramo que conecta Campeche, Mérida y Cancún.
Su experiencia, publicada en un artículo titulado “Tren Maya, un costoso capricho”, ofrece una mirada directa sobre la operación del megaproyecto más emblemático del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, que costó más 500 mil millones de pesos y aún no está terminado, pues faltan los ramales de carga.
Un tren impecable, pero casi vacío
Según relata, el tren “se percibe limpio, bonito, bien mantenido y con personal cortés y eficiente”, como era de esperarse porque es reciente.
Las estaciones —amplias, nuevas y elegantes— dan una impresión de orden y modernidad poco habitual en obras públicas recientes.
No obstante, esa buena impresión inicial pronto se diluye: “No tengo mucho bueno que reportar. Ni mucho nuevo”, resume Castañeda.
Durante su recorrido, el académico observó que, a pesar de su presentación impecable, el tren viaja con muy poca ocupación.
En el trayecto Mérida-Cancún, un sábado, contó apenas 86 pasajeros de los 286 posibles.
En la ruta Campeche-Mérida, las estaciones permanecieron desiertas: “Hay cinco escalas y en ninguna vi ingresar o egresar pasajeros”, escribió.
A ello se suma la distancia de las terminales respecto a los centros urbanos: tanto en Campeche como en Mérida y Cancún, el acceso requiere traslados de unos 40 minutos y tarifas de taxi elevadas,.
Mientras tanto, las terminales de autobuses —como las de ADO— se mantienen en ubicaciones céntricas y con precios más bajos.
Una infraestructura redundante
Para Castañeda, el gran defecto del Tren Maya es su redundancia: recorre casi en paralelo la carretera federal que une el sureste, una vía de cuatro carriles y concreto hidráulico en óptimas condiciones.
Desde la ventana, dice, se observa la misma selva y los mismos paisajes que vería un automovilista, con la diferencia de que el viaje en tren resulta más caro y menos flexible.
Incluso el sistema de tarifas genera polémica.
Existen precios distintos para locales, adultos mayores, mexicanos y extranjeros, algo inusual fuera de países en desarrollo.
“No conozco ningún otro país que establezca un pasaje superior para extranjeros, salvo en sitios culturales o patrimoniales (…) Ya me imagino a los franceses cobrándole más a los ingleses en el Chunnel, o viceversa.”, advierte el autor.
“Si no existiera, no pasaría nada”: no detona el desarrollo local
El exfuncionario concluye que el proyecto, pese a su magnitud, no está cumpliendo con el objetivo de detonar desarrollo local. La mayor parte de los empleos creados fueron temporales y pertenecen ahora a la Sedena.
“Las estaciones están desiertas; no hay taxis, ni puestos, ni derrama económica. El Tren Maya sale sobrando. Si el Tren Maya no existiera, no sucedería nada”, sentencia.
Castañeda estima que el costo hundido supera los 25 mil millones de dólares (medio billón de pesos o 500 mil millones de pesos), cifra que considera un “pozo sin fondo de subvenciones perpetuas”.
Una ironía que, en su opinión, resume buena parte del sexenio que lo impulsó.
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Pese a todo, reconoce un mérito innegable: “Se percibe limpio y con personal atento”, pero ¿a qué costo si no es rentable y está lejos de generar ganancias?
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