Mario Humberto Ruz Sosa, en su mensaje durante la presentación del proyecto "100 joyas del arte sacro de la península de Yucatán"
Mario Humberto Ruz Sosa, en su mensaje durante la presentación del proyecto "100 joyas del arte sacro de la península de Yucatán"

LA BELLEZA DE LA FE, LA FE DE LA BELLEZA: JOYAS DEL ARTE SACRO EN YUCATÁN

En 100 joyas del arte sacro de la Península de Yucatán, vemos desfilar, además del espectáculo estético fotográfico, una procesión de representaciones cristológicas, marianas, y del amplio santoral católico, que dan fe de la vehemencia con que se adoptó y adaptó en la península la imaginería virreinal, en no pocas ocasiones enriquecida con matices de la tradición oral.

Si bien el texto abre con un capítulo dedicado a cinco joyas meridanas, iniciando, como era obligado, con la catedral, y continúa con otro consagrado a los espectaculares conjuntos conventuales franciscanos de Izamal, Maní, Dzidzantún, Sisal en Valladolid, Motul, Conkal y Yotholín, y de allí se pasa a detallar la arquitectura de once iglesias repartidas por todo el estado, y siete camarines de otras tantas vírgenes, opté por centrar mis comentarios en detalles de la llamativa imaginería sacra publicada, ya en escultura, ya en cuadros y pinturas. Como se entenderá, resulta imposible atender en el escaso tiempo con que contamos el enorme caudal de facetas de que da cuenta el libro, que es una auténtica procesión de contenidos artísticos, devocionales, históricos y hasta identitarios, de distinta valía en tal o cual aspecto, pero qué, vistos en conjunto, nos ofrecen un singular abanico de estética y religiosidad,

En dicha procesión, a más del incomparable óleo de la Inmaculada que debemos a fray Miguel de Herrera (1730), y que embelleció la iglesia del convento Grande de san Francisco, antes de pasar a la Mejorada, y luego a catedral, figuran obras del celebérrimo pincel novohispano de Miguel Cabrera, como las dos imágenes de la Virgen del Tepeyac (1762) resguardadas en la catedral y en el seminario, y las cuatro pinturas en el bello retablo central barroco estípite de la iglesia de Tecoh, que muestran a san Juan Bautista y tres arcángeles,[1] enmarcando una imagen de Nuestra Señora de la Asunción.

A la par de estas obras, surgidas de pinceles entrenados, apreciamos otras debidas a artistas locales, donde, más que la técnica, sorprende la frescura de las representaciones y la ingenuidad de la devoción popular, que no siempre respeta las convenciones teológicas, sino que en ocasiones las reinterpreta, como puede apreciarse, entre otros muchos detalles, en el cuadro de las Ánimas del Purgatorio procedente de Cansahcab, donde vemos a José y María sacando ánimas del fuego purificador, bajo la mirada de una trinidad cristomorfa (las tres divinas personas con un mismo rostro, que corresponde al Salvador). En el centro, una imagen de san Miguel portando una balanza, lo que se antoja anacrónico, pues ciertamente se considera que el arcángel pone las buenas obras de los difuntos en un platillo, a fin de ver qué tanto pesan, mientras que el demonio, por su parte, pondrá pecados y malas obras en el otro plato, buscando apropiarse de las almas. Pero eso ocurre antes de ser enviados a sufrir el fuego del Purgatorio o el del Infierno.

Bueno, fuego según los teólogos que dieron origen a la idea del Purgatorio en el siglo VII, como demostró el erudito Jacques Le Goff, pero cabe recordar que no todos los mayas aceptaron sin más ese concepto, pues hay cosmovisiones donde no figuran el fuego ni las típicas torturas medievales. Así, por ejemplo, algunas poblaciones mayas cruzo’ob de Quintana Roo consideran hoy, incluso, que ni siquiera en el Purgatorio se alzan las llamas; lo definen como un sitio provisto de enormes pilas de agua donde los ángeles lavan a las almas que llegan “puercas” por sus pecados veniales, y por eso mismo lo denominan Porkatorio. ¿No asegura acaso la doctrina católica que se va allí a limpiar las culpas? A limpiar, insisten, no a quemar; pues no se limpia con fuego.

Mucho más precisa que la Virgen con escasos atributos para identificar su advocación en el cuadro de Cansahcab, es la del cuadro de Kanxoc, que tiende su rosario para ayudar a las ánimas a salir del Purgatorio; devoción alentada por la Orden de Santo Domingo, para competir con la devoción que impulsaban los frailes menores hacia san Francisco, que vemos aparecer en distintos cuadros auxiliando a las ánimas a salir del fuego, agarrándose de los nudos de su cordón. No en balde aún se estila enterrar a los difuntos yucatecos con un cordón con nudos en torno a la cintura. Otros optarán por confiar en la Virgen del Carmen, que ofrece el mismo servicio usando su escapulario. Es claro pues, que, por fortuna, no escasean auxiliares para librarse del fuego del Purgatorio, que, por más purificador que sea, no deja de ser fuego.[2]

Y del fuego pasamos a transitar por el agua; a menudo subterránea en la devoción popular, como era de esperar tratándose de agua en Yucatán.

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Más allá de lo consignado, quien conozca un poco de historia y etnología peninsular, advertirá que no pocas de las consejas, narrativas y tradiciones de que dan cuenta los escritos, con independencia de sus formas cristianas, tienden sus raíces hasta el pasado prehispánico maya, que, como es bien sabido, más pronto que tarde se adoptó y adaptó sin problemas bajo el dominio hispano. Así, por ejemplo, Diego de Landa refiere que los pescadores de la Península, cito: “Tenían costumbre, después de que habían hecho la fiesta en los pueblos, irla a hacer a la costa los señores y mucha gente; y allá hacían muy grandes pesquerías y regocijos, y llevaban gran recado de trasmallos de sus redes y anzuelos y otras industrias con que pescan” (Landa, op. cit., p. 174). Hoy, en Dzidzantún, en ocasión de la fiesta de la patrona, santa Clara de Asís, se acostumbra llevarla en andas a la costa del municipio, a la playa que se bautizó justamente con su nombre. El texto rescata una tradición, típica hagiografía de matiz europeo, que da cuenta de cómo se encontró la imagen de la santa en la playa, en una caja de madera, procedente de un naufragio, pero hay otro relato de la tradición oral que se antoja mucho más original y atractivo. Narra una leyenda que una bella santa Clara llegó por el océano, acompañada de su hermana; como si de dos afroditas se tratase. La hermana, al no encontrar poblado donde ejercer su patronazgo, se convirtió en sirena y vive en las inmediaciones del puerto. Por eso Clarita va a visitarla cada año, y, apenas llegar, sus andas hacen reverencias hacia el mar, en signo de saludo a su hermana. Permanecerá una semana en su ermita, pero no debe creerse que se trate sólo de una visita familiar; aprovechando el viaje, la patrona es subida a una lancha, en la cual recorre los límites marítimos del municipio, en clara demostración de control de su territorio, como hace cualquier santo patrón que se precie de serlo.

La de Asís no es la única representación femenina del imaginario religioso católico vinculada con las aguas. Gracias a la etnografía contemporánea sabemos, por ejemplo, que en varios sitios de Yucatán se considera que las serpientes son guardianas y pueden ser dueñas de los cenotes, un papel que en otras comunidades corresponde a vírgenes o santas. Tal es el caso de Buczotz, Cansahcab y el mismo Dzidzantún, donde se asegura que las tres patronas de esos poblados vecinos son hermanas —de hecho, las imágenes se visitan unas a otras— y cuidan de los (muy escasos) cuerpos de agua de sus territorios; no en balde es posible apreciar a menudo arena en sus pies. En Tabasco, en cambio, no es inusual escuchar que las dueñas de cuerpos de agua sean “sirenas”, como también se piensa en el área tojolabal de Chiapas, mientras que, en otras poblaciones de la región llamada de Los Altos, se bordan espléndidos huipiles que luego se irán a depositar en los lagos que custodian estas santas patronas, que a menudo guardan sus nombres prehispánicos.

Ya desde una primera revisión a vuelo de pájaro del texto se aprecia que, más allá de las devociones locales, hay dos conjuntos bastante generalizados en el territorio peninsular: el de los cristos, y el de las advocaciones marianas. En el primer caso no se trata de cristos cualquiera, sino que a menudo son cristos negros, una representación que los especialistas insisten en asociar con la deidad prehispánica del comercio (Yacatecuhtli para los mexicas, Ek Chuah para los mayas), y a la cual se dedicaban templos en caminos importantes para comerciantes y otros viajeros, lo que explicaría, según varios estudiosos, el que antiguos santuarios de estos dioses, situados en rutas importantes de mercadeo, como Chalma, Tila o Esquipulas, alojen ahora imágenes de Cristos Negros, cuyo color, por cierto, asocian con el que usaban mercantes como los pochteca, que se teñían el rostro, en especial durante viajes largos y peligrosos, a fin de protegerse del sol en el día y disimularse de asaltantes en las noches, sin faltar quien señale que esa protección funcionaba también contra insectos.

Se trata, ahora, de esculturas con nombres tan curiosos como Cristos Negros de la Transfiguración; una de cuyas imágenes se aprecia en la iglesia del barrio meridano de Santiago Apóstol, que se distingue por tener barba y bigote esculpidos en la misma pieza. Otra imagen con idéntico nombre se venera en Chumayel, la cual, según la tradición fue hallada en una hondonada del pueblo y se salvó del furor iconoclasta de 1915 al ser escondida en una cueva por los fieles. Una más de la Transfiguración es la bella pieza de Ixil. Devoción peculiar es la tributada a una imagen inspirada en el célebre Cristo Negro de Esquipulas, que inició a cargo de una familia de Dzemul en el siglo XIX.

En el poblado de Dzan, por su parte, encontramos a un Cristo negro de factura mucho más sencilla que los anteriores, y, aunque al compararlos se aprecian varias diferencias, se presume copia del célebre Cristo de San Roman, ubicado en el barrio del mismo nombre en Campeche, asiento original de marineros e indígenas mexicas venidos a la conquista de Yucatán. El campechano, escultura en ébano que explica su color, habría sido tallado en Italia y llegado a San Francisco el 14 de septiembre de 1565, lo que la hace no sólo una de las esculturas más antiguas de la Península, sino de aquellas pocas cuyo arribo está documentado. El lector del libro que aquí se presenta podrá apreciar la serena belleza del Cristo, la riqueza de su cruz del siglo XVII, cubierta de plata, así como el relicario, también de plata, que desde 1683 lo custodia, mientras que el texto da cuenta de varias de las narraciones asociadas a la imagen, y los milagros por ella operados, desde su traslado por un proceloso mar, cuando él mismo piloteó la nave, para salvarla de un inminente naufragio.

También del mar, pero en calidad de náufrago, habría llegado el Cristo Negro de Sisal, esbelta escultura que según la tradición se encontró flotando frente a Sisal, y que, si bien se resguarda 11 meses al año en Hunucmá, durante agosto, con motivo de sus festejos, regresa a su lugar de arribo a la costa, y hasta se le pasea por el mar. No obstante, no falta quien asegure que de vez en cuando se escapa a su pueblo, como lo muestra la arena que aparece cerca de su altar. Exactamente como las vírgenes de Buczotz, Dzidzantún y Cansahcab, guardianas de cuerpos de agua. Compañero en eso de haber aparecido en el mar o sus cercanías es el san Francisco de Asís de Telchac Pueblo.

Cristo igualmente viajero es el de Kinchil, cuya talla se fecha hacia el siglo XVII, que a partir de marzo peregrina por Tetiz, Celestún, Chocholá y Muna, y es considerado favorecedor de lluvias para lograr buenas cosechas. El Cristo Negro de Sitilpech, o “Santo Cristo de la Exaltación”, por su parte, viaja a la vecina Izamal, como lo ha hecho desde siglos pasados, para custodiarla, cuando salía la Virgen hacia Mérida, pues narra la leyenda que tuvo su origen en unos jóvenes gemelos que protegían a la población al salir la patrona. Uno de los gemelos dejó un Cristo en Sitilpeche, y el otro hermano hizo otro tanto en Citilcum.

Otro Cristo llamado de San Román es el que se custodia en un bello retablo en la iglesia de Santa Inés, de Akil, fechado en el XVIII y singular por las heridas representadas en sus rodillas, y las cuidadosas venas que se aprecian en sus brazos articulados, los que, a decir del texto, dan cuenta de su empleo bien en oficios de la Pasión, bien en la procesión del Santo Entierro. Llama la atención el que, aunque se le denomine Negro, no tenga tal color. Y mucho menos lo tiene la imagen venerada en Ticul, que tras su restauración en 2023 resultó ser de color carne, lo que avalaría la aseveración del historiador Luis Millet, de que a finales del siglo XVIII varios párrocos optaron por pigmentar a los cristos de sus iglesias, buscando ganar adeptos al asemejar las imágenes con la muy famosa del barrio de San Román.

Particularmente célebre es otro Cristo, el llamado “Crucifijo del árbol de luz”, o de las Ampollas, a causa de las excoriaciones que le surgieron después de un incendio hacia 1630. De hecho, el hoy venerado es una réplica, ya que el original fue destruido, como tantas otras joyas de la catedral, por la turba iconoclasta del 24 de septiembre de 1915. De esta imagen existe, asimismo, un interesante opúsculo del obispo Crescencio Carrillo y Ancona, titulado El árbol de la luz (tradición popular). Historia del santísimo Cristo de las ampollas, acerca del cual mantuvo correspondencia con el célebre bibliógrafo Joaquín García Icazbalceta, y que se editó en Mérida en 1887 (en la imprenta de José Gamboa Guzmán).

Un aspecto de singular valor e interés es el rosario de imágenes marianas de que da cuenta el libro, algunas destacadas por su singular recinto, como el de la virgen de la Candelaria en Uayma, derroche de ajaracas, águilas bicéfalas y rosetones marianos en rojo, azul y blanco en audaz policromía, y con sus umbrales de piedras labradas tomadas de edificios mayas, o el de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción de Tabi, cuyo sencillo exterior no permite imaginar el bellísimo retablo del interior, que, junto con el de Calotmul, se me antoja uno de los más hermosos de todo Yucatán, aunque el segundo posee además el encanto de sus simpáticos leones, a últimas fechas desprovistos de sus curiosas melenas.

Por su parte, la singular iglesia de Yaxcabá, con sus tres torres[3] y un bello camposanto adjunto, alberga a la venerada Virgen de Mopilá,[4] en tanto que, en la fachada de la iglesita, la virgen de la Soterraña extiende su mirada vigilante sobre Chikindzonot, mientras en una de las columnatas se aprecia la figura de otra mujer primordial, Eva, erguida sobre una mazorca de maíz y bajo una tentadora serpiente con una manzana en la boca. Y hay también imágenes de la segoviana virgen de la Soterraña en Ichmul y en la iglesia quintanarroense inconclusa de Sabán, que se unió a los rebeldes mayas y terminó abandonada en 1853.

El desfile de advocaciones marianas incluye algunas poco conocidas como la Virgen del Rosario de Eknakán, cercada por una guirnalda de rosas, así como la hermosa imagen estofada del Dulce Nombre de María, rescatada de la hacienda de Santa María Ontiveros y hoy en la iglesia de Chicxulub Pueblo, o la de la Asunción, que corona el retablo mayor de Mocochá, y a la que acompaña una talla de la misma advocación. Y con el mismo nombre se conoce ahora a la que orna el retablo de Ticul, antes conocida como de la Purísima Concepción. Con el mismo nombre de Asunción, pero más original en su apelativo familiar es “La Pobre de Dios”, que señorea Tetiz; rica en joyas, espléndidos atavíos (ternos incluidos) y, sobre todo, rica en veneración. Aunque en eso de la magnificencia de sus vestidos no se quedan atrás las imágenes de la también Asunción del barrio de San Sebastián; la Concepción de Conkal o la espléndida Candelaria de Valladolid.

Señora entre señoras es la que muestra el espectacular “verdadero retrato” de Nuestra Señora de Yzamal, que resguarda la Pinacoteca del Estado, la cual muestra a esa inmaculada como lucía en 1769, justo veinte años antes de que desapareciera en un incendio, y viniera a ser sustituida por la escultura actual, igualmente venerada.

Aunque sea a vuelapluma, déjenme mencionar que el texto da también referencias acerca de aspectos singulares de la arquitectura, escultura o pintura sacra del ámbito peninsular, como son la bóveda en media naranja de la soberbia iglesia de Uman, los pasos de gallina ciega de la de Dzemul, cuyas ventanas románicas remetidas también hubieran merecido una mención; las bellas pilas bautismales, de Tihosuco, Chikindzonot, Ichmul, Hunucmá y Petulillo; algunas de ellas debidas al espléndido escultor maya que fue don Pascual Ek; la asombrosa arcada inconclusa de Tixcacaltuyub y las pinturas murales que representan flores, vegetales y escenas marianas casi de art naif, que urge atender, o joyas inusitadas como el óleo de Duns Scoto, que resguarda la sacristía de Izamal, de bellísima factura y pleno de simbolismos, que muestra al Doctor Sutil, sosteniendo en una mano a la inmaculada (dogma promovido por los franciscanos) cuyas plantas rodea la cola de un dragón, al cual le aplasta la cabeza, no la Virgen, como es lo común, sino el célebre teólogo.

También hay testimonios que nos orientan acerca de rasgos identitarios, como la santa Inés de Akil con su terno, como se atavía también a la virgen de Tixhualactún; el san Pascualito de 1772, vestido con traje de campesino, sin faltar el sombrero, el ingenuo Cristo de la columna en uno de los pequeños retablos de Santa Elena o Nohcacab, al que se avecina un ingenuo Cristo de la columna, y muchos, muchísimos más, que no puedo mencionar, pese al interés que me despiertan como etnólogo.

Pero 100 joyas del arte sacro no es sólo un catálogo de símbolos, técnicas, religiosidades y bellezas. Como todo buen texto, al mismo tiempo que da cuenta de presencias, nos permite atisbar también en parte, al menos, de lo perdido del patrimonio peninsular. Ya sea nombrándolo directamente, ya sea leyendo entre líneas o, incluso, silenciándolo. Así, aunque a vuelapluma, se alude al terrible episodio del 24 de septiembre de 1915, cuando una horda iconoclasta de supuestos seguidores de Alvarado invadió la catedral y destruyó el baldaquín del altar mayor (cubierto de láminas de plata), los retablos laterales y los de las capillas, la sillería del coro, que databa de 1663, y el órgano tubular alemán, entre otras cosas. Años después desaparecería la verja de la catedral, “sencilla y bonita…”, para cuya factura entregó mil pesos de su bolsa personal la emperatriz Carlota durante su estancia en Mérida en noviembre de 1865. Ésta se quitó en tiempos de Alvarado, al destruirse el atrio, y, según reporta Justino Fernández, se repartió entre diferentes casas particulares, “especialmente en la ‘Quinta Iturralde’, residencia que fue de don José María Iturralde, gobernador del estado en 1924” (1945, vol. I: 341).[5]

Por fortuna algunas pinturas se salvaron del saqueo y la destrucción, como se salvó también el espectacular cáliz de oro, estilo gótico-bizantino, decorado, al igual que la patena, con esmaltes, esmeraldas, zafiros, rubíes y brillantes, elaborado en los talleres de orfebrería de la Casa Placide Poussielgue-Rusand, de París, a solicitud del primer arzobispo de Mérida, Monseñor Martín Tritschler y Córdova. El inmenso valor económico y simbólico de estas piezas se acrecienta por la ausencia casi total de alhajas sacras en Yucatán, por un hecho particularmente lastimoso: los pueblos de la Península fueron despojados de cálices, copones, custodias, y sus imágenes de coronas, resplandores, cetros y otras joyas en metal, que fueron vendidas en 1848 por el gobierno yucateco a los Estados Unidos, para subvencionar la guerra contra los cruzo’ob. Así, el patrimonio de los mayas sirvió para reprimir a sus hermanos alzados. Muy pocas piezas se salvaron del expolio gubernamental; entre ellas el bellísimo frontal de plata que ornaba el altar de Halachó, comprado por vecinos de Campeche y donado a su parroquia, hoy catedral, al cual justamente dedica el libro algunos párrafos y fotografías. Sabemos también que, en Tabasco, dependiente de Yucatán en lo eclesiástico, se salvaron de la venta las joyas de las parroquias, porque los pobladores se negaron tajantemente a entregarlas.

Joyas de otro tipo, pero indudablemente valiosas, son los llamados “Santos sepulcros” o “Santos entierros”, de dos de los cuales da cuenta el libro: el que se custodia en Maní y el de la catedral de Campeche. El primero, de sobria elegancia, se ve coronado por una veintena de angelillos, que portan las insignias de la Pasión de Cristo, mientras que el campechano, de una belleza en verdad sobrecogedora, con su catafalco de madera tallada y cubierto de láminas de plata repujada, y un templete donde yace la figura del redentor, exhibe varios angelitos, como atlantes de un segundo nivel del catafalco, mientras que, en ése, otros ocho ángeles ornan la base de un tercer nivel, donde el monograma IHS, Iesus Hominis Salvator corona el monumento. La ornamentación del todo se completa con lámparas, querubines y numerosas campanitas, cuyo sonido acompañará al Cristo yacente durante la procesión, generalmente multitudinaria, del Viernes Santo.

La obra invita, decididamente, a emprender su continuación, que permita abordar en otro tomo algunas más de las joyas sacras que, por centenares, están diseminadas por la Península, y a menudo poco conocidas, a no ser por los vecinos locales. Muestras de ello son innumerables ermitas con cristos o cruces de buena factura (asociadas con los barrios e incluso, con grupos de cazadores, como en Cansahcab), el enternecedor Gólgota de la sacristía de Yobaín, el Cristo del descendimiento en Tekal de Venegas, la pintura mural en Temax, las innumerables muestras de piedad popular en caminos y veredas, bien de cruces vestidas, bien de las asociadas con ceibas; numerosas yax-cruz de sublime belleza, o muestras de singular devoción popular como las que se encuentran en cementerios como el de Hoctún, por no hablar de piezas sacadas de las iglesias y resguardadas ahora en museos, como ocurre con las espléndidas imágenes de san Pedro y san Pablo, estofadas en oro, que se sacaron de Dzidzantún para exhibirlas, con escaso contexto, en el Museo de Dzibilchaltún, por no hablar de las bellas esculturas, comenzando con la imagen del Padre Eterno, que engalanaban el frontón o frontis triangular de la fachada de ese mismo Dzidzantún, y ahora yacen tiradas a un costado de la entrada principal, y sirven como asiento a los músicos o a los visitantes del templo, por no hablar del lamentable estado que guardan las antiguas estancias del imponente y bello Seminario Conciliar, antes sede educativa (por donde transitaron inteligencias como las de Justo Sierra O’Reilly, Andrés Quintana Roo y Lorenzo de Zavala, entre otros), y algunas de las cuales se dedican hoy a vender ropa interior.

Aquí, con ese último dato tan profano, me detengo, no sin antes agradecer a los especialistas (estimados colegas incluidos) que participaron en la concepción y elaboración del texto, así como a los fotógrafos que nos ofrecen un auténtico gabinete de alhajas, y, por supuesto a Diario de Yucatán y las distintas personas y empresas que hicieron posible el tener en las manos este abanico de joyas que coronan de manera singular el rostro inmarcesible de Yucatán.


[1] Por cierto, mal identificados en la publicación.

[2] Y que los abogados para salir del tormento pueden acompañarse, se aprecia en uno de los ingenuos retablitos de la hoy Santa Elena, y ayer Nohcacab, donde se ve a María de un lado y a san Francisco del otro, sobre una multitud de ánimas sufrientes, mientras que en uno de los espléndidos retablos de Maní vemos a Nuestra Señora de la luz realizando ese rescate del fuego de un penitente del Purgatorio.

[3] Otra iglesia con tres torres, éstas de forma peculiar, es la de Homún. 

[4] A más de resguardar los restos del clérigo Granados Baeza, a quien debemos una valiosa descripción de las costumbres del poblado a fines del siglo XVIII.

[5] Justino Fernández et al., Catálogo de construcciones religiosas del estado de Yucatán. México, Talleres Gráficos de la Nación, 1945,

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