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Hola, queridos lectores. Algo está empezando a cambiar. La Generación Z, nacida entre 1997 y 2012, está tomando decisiones distintas respecto al alcohol. Estudios internacionales muestran que consume alrededor de 20% menos per cápita que los millennials y los boomers.

En nuestro país, casi la mitad de los jóvenes mayores de 21 años de edad dice no haber probado nunca una bebida alcohólica, y quienes sí lo hacen suelen hacerlo con moderación o solo en ocasiones muy específicas.

El estereotipo de la adolescencia desbordada de fiestas está perdiendo fuerza y, en su lugar, emergen narrativas centradas en el “wellness”, el autocuidado y la búsqueda de experiencias más conscientes.

Para muchos, el “estar bien” ya no está ligado a tomar, sino a sentirse saludable y en control. El vino, la cerveza y los shots de tequila compiten hoy con mocktails, limonadas y agua mineral con gas.

Vamos a entender el porqué de este fenómeno y cómo la relación de la Gen Z con el alcohol está dando un giro inesperado y qué significa esto para una industria que, quizá por primera vez en siglos, se enfrenta a la posibilidad de perder su lugar en el centro de la vida social.

La historia del alcohol es tan antigua como la humanidad misma. Desde tiempos prehistóricos, cuando la fermentación ocurría por accidente en frutas, granos o miel, las primeras comunidades descubrieron sus efectos y empezaron a producirlo de forma intencional. No era solo una bebida: era un símbolo de lo divino.

El vino rojo, por ejemplo, se asoció con la sangre de la vida y más tarde pasó a ocupar un lugar central en la eucaristía cristiana.

Con el tiempo, cada sociedad desarrolló su propia relación con la bebida, y se nota. Desde la época colonial, beber era parte de la vida diaria: vino en el desayuno, cerveza al mediodía y cócteles para cerrar el día.

En el siglo XIX, por ejemplo en Estados Unidos, el consumo alcanzó niveles históricos, lo que desembocó en la Ley Seca (1920-1933). Lejos de erradicarlo, ese período impulsó el contrabando, las mafias y la clandestinidad.

Una vez levantada la prohibición, el hábito se estabilizó. Las dinámicas, sin embargo, no se mantuvieron estáticas. Durante gran parte del siglo XX los hombres bebían mucho más que las mujeres, hasta que a inicios de los años 2000 la balanza empezó a cambiar.

Hoy la historia parece dar otro giro. La Generación Z bebe menos que cualquier generación anterior. Y no porque alguien se los prohíba, como en la Ley Seca, sino porque están reescribiendo las reglas de lo que significa convivir.

La Generación Z creció en un contexto en el que la salud mental y física ocupan un lugar central. Para muchos, el alcohol no es sinónimo de diversión, sino de riesgo: adicciones, depresión, menor rendimiento académico o laboral.

De hecho, casi la mitad de los no bebedores jóvenes asegura evitarlo por motivos de salud mental o física. Este cambio no es una moda pasajera.

Responde a un mayor acceso a información sobre los efectos del alcohol, a una conciencia más profunda sobre el bienestar y a una disposición abierta a desafiar la vieja idea de que “divertirse” significa beber en exceso. El movimiento de cero cero, impulsado en redes sociales y normalizado por influencers, refleja esta nueva forma de socializar donde pesan más la claridad mental, el sueño reparador y la resiliencia emocional que la euforia momentánea.

Para la Generación Z, reducir el consumo es simplemente una extensión de su búsqueda por una vida más consciente y balanceada. En mi opinión beber con conciencia y moderación también es sano. Hasta la próxima semana.

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